África: la vida después del ébola

Reportaje publicado en el suplemento Extra de La Voz de Galicia. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

Mustapha, de pie en la parte trasera de un centro donde cuidan a niños en cuarentena sospechosos de padecer ébola, duda ante una pregunta que a priori debería tener respuesta meridiana: “¿cuándo lo pasaste peor, durante el ébola o tras haber sobrevivido a él?” Finalmente, después de pensar unos segundos largos, habla: “Lo pasé peor después”. Mustapha se refiere al estigma. A las consecuencias del ébola más allá de los fallecidos. Toda una onda expansiva que ya no sale en los telediarios ni ocupa portadas pero que a países como Sierra Leona les está haciendo tanto o más daño que el propio virus: daños sociales, psicológicos, políticos y económicos. El ébola está dejando una silenciosa y envenenada herencia de la que nadie habla.

Mustapha Kallom tiene 27 años y es de Freetown, la capital de Sierra Leona. Hasta septiembre del año pasado trabajaba como comercial en una empresa del país. Ese mes su suegra, médico, enfermó de ébola. Acabó muriendo y en su convalecencia contagió a Mustapha. “En realidad casi toda la familia nos infectamos. Mi hija murió y también mis ocho hermanos. Yo sobreviví”. Y su logro tuvo el rechazo como respuesta. Cuando Mustapha regresó a casa se encontró con que los vecinos no le hablaban. Tampoco sus amigos. “Ni siquiera los más cercanos. También me despidieron del trabajo. Me quedé solo y hundido. Lo pasé muy mal”.

Leer más

Saltar a Europa

Crónica escrita para el periódico argentino La Nación. / Fotografías de Alfons Rodríguez.

El padre de Hamza es militar. Su madre, enfermera. Es el tercero de cuatro hermanos. Son de Tánger, ciudad al norte de Marruecos, en la costa que se enfrenta al sur de España, apenas alejadas ambas por un estrecho brazo de mar que sirve de frontera: la más desigual del mundo; la que separa África de Europa. La familia de Hamza es de clase media. Subsisten sin mayores problemas y el padre le dijo a Hamza que cuando cumpla 16 años podrá entrar en el ejército y labrarse un futuro prevenido de sustos económicos. Pero el chico, que ahora tiene 13 años, se fue de casa hace cinco meses. Tomó un bolso y se marchó con unos amigos haciendo dedo hasta Melilla, una de las dos ciudades españolas que hay en territorio marroquí (la otra es Ceuta). Se fue porque le contaron que en Europa le espera una vida mucha mejor que la planeada por su padre. “Yo no quiero ser militar. Quiero vivir en España y tener dinero y una buena casa”, cuenta con su voz todavía sin cambiar. Con su tez sin asomo de la adolescencia. La ropa sucia, la cara manchada. Como un niño travieso. Lleva seis meses viviendo entre las rocas del puerto melillense. A él y a los otros cientos de chicos que subsisten en las calles de la ciudad les llaman menas, iniciales de Menores No Acompañados. Llegan solos y solos intentan colarse cada madrugada en el ferry que une Melilla con la ciudad andaluza de Málaga, ya en suelo europeo. “Varios amigos lo han conseguido. Me están esperando allí. Tengo que conseguir entrar esta noche, me escondo en algún agujero en el barco y bajo en Málaga.” El puerto está lleno de policías por la noche. Vigilan a los niños aspirantes a polizones. Algunos lo intentan nadando, otros descolgándose por un cabo, otros encajándose en los motores. Todo con tal de llegar a Europa. “Esta noche será mi último intento -cuenta Hamza en un descampado de Melilla, donde charlamos-. Lo he intentado cinco veces, si no lo consigo hoy, regreso a casa. Estoy un poco cansado de vivir en la calle.” “¿Tus padres saben que estás aquí?” “Sí. Cuando hablo con mi madre llora. Y me pide que vuelva. Pero hay otros padres que traen en auto aquí a los niños. Los dejan en la frontera y les desean suerte para colarse en el barco. No sé por qué hacen eso. La vida aquí es mala, dormimos en mantas en el puerto y los niños se pegan entre ellos y fuman hachís. Es mala vida.” La de Hamza -que se perdió en la noche melillense sin desvelar el final de su aventura- es sólo una historia. Una de las miles que se pueden encontrar en el Mediterráneo, el lugar donde Europa está a un paso por el que vale la pena arriesgar todo.

Leer más

ISIS: Testimonios del horror

> Este reportaje fue publicado en la revista XL Semanal

Lo primero que ve Amira cada mañana al salir de su caravana es Siria. A escasos kilómetros, frente al asentamiento libanés de refugiados en el que vive, se yerguen las montañas que conforman la frontera entre el Líbano y Siria. «No puedo describir lo que siento al mirar. Eso de ahí es Siria, mi casa, pero no puedo ir. No puedo acercarme. En realidad estoy lejísimos».
Amira vive en el asentamiento de Majdaloun, en el valle de Bekaa, la región más pobre del Líbano y que como el resto del país acoge un océano de tiendas de campaña y caravanas donde, según el Gobierno libanés, viven 1,2 millones de refugiados sirios. Esta mañana, las montañas se exhiben nevadas ante Amira. Y convulsas. Aviones y helicópteros militares vuelan sobre el asentamiento con rumbo a la frontera. Allí, desde hace semanas, la milicia Hizbulá y el Ejército libanés luchan juntos contra el nuevo y temido enemigo: el autodenominado Estado Islámico, más conocido como ISIS. Ese mismo día, la portada del periódico libanés Daily Star recoge las palabras del líder de la organización: «Queremos crear un nuevo califato en el Líbano». Los yihadistas de los que todo el mundo habla, que ya controlan la zona norte de Irak y el este de Siria, ya tienen nuevo objetivo. Y sigue expandiéndose.

Leer más

Odio eterno al fútbol moderno

Fragmento del artículo publicado en el número 11 de la revista Jot Down.

El fútbol, tal y como siempre lo hemos conocido, terminó en 1994. En concreto en el verano de aquel año, cuando se disputó el Mundial de Estados Unidos. Ocurrió en el acontecimiento cuatrienal algo insólito: Nike hizo un anuncio sobre balompié protagonizado por la selección de Brasil. Después vendrían  muchos más, pero aquel fue el primero y recuerdo que mi todavía esponjoso cerebro preadolescente pensó: “¿Nike? ¿Un anuncio de fútbol? ¿Pero estos no son de baloncesto?”. Y lo eran. A la multinacional yanqui se la soplaba aquel deporte de la vieja Europa en el que los clubes no eran franquicias, las ligas no eran negocios privados y las televisiones retransmitían un partido a la semana sin anuncios que interrumpieran el juego y con espectadores separados en gradas para evitar una vistosa batalla campal. En fin, que aquel juego que se multiplicaba por las calles de niños con rodillas ensangrentadas no daba pasta. Pero cuando el soccer llegó a la tierra de la libertad Nike abrió los ojos: miles, millones de personas salidas de sabe dios dónde estaban deteniendo sus vidas por ver aquel deporte lento y en el que era posible terminar con empate. Y dijeron, “¡Epa!, un momento”.

Leer más

Berlín, días de bicicleta

> Este reportaje se publicó en la revista Yo Dona

Hay una diferencia fundamental entre recorrer Berlín en bicicleta y hacer lo propio en Madrid, Valencia o Bilbao: el coche que llevas detrás. Cuando se pedalea por una calle de casi cualquier ciudad española se puede sentir el cabreo del conductor que llevamos a rueda, aferrado al volante y maldiciendo tu lentitud. Casi se percibe una energía de impaciencia que golpea nuestro manillar. No ocurre en Berlín: hay tantas bicis circulando por la ciudad que los conductores están definitivamente acostumbrados a ellas. Y su paciencia es la clave que permite disfrutar sobre dos ruedas -y sin tensiones viales- de una de las ciudades más interesantes de Europa. Se podría decir, la ciudad de moda.

“Berlín está muy bien para andar en bici, pero debería estar mucho mejor. Solo el 14% de las calles de la ciudad están acondicionadas con carril-bici”. Quien se queja es Martin Riewewstahl, guía de Berlin on Bike (Knaackstraße 97), sin duda, una de las mejores opciones para alquilar bicicleta y punto de partida para el mini tour. Puede que la queja de Martin sea lícita, pero es evidente que le falta la perspectiva de vivir en ciudades en las que, más que la falta de carril-bici, el problema es que te lleve un autobús por delante. Cuando se lleva media hora sobre el sillín rodando sobre la ciudad se comprende que la seguridad es enorme. La ciudad acoge a los ciclistas y una vez comprendido esto, recorrerla a pedales se revela como la mejor opción: se puede ir contemplando las calles, edificios y desfile de personajes berlineses; se puede ir de un barrio a otro sin caer rendido de agotamiento; se puede ir haciendo las paradas que deseemos sin preocuparse del aparcamiento; se puede beber una cerveza en una terraza sin la responsabilidad de tener que ponerse al volante. Berlín, sin discusión, en bici.

Leer más

El gallinero: el poblado de los 300 niños

> Este reportaje se publicó en la revista XL Semanal.

Hay en barrer sobre el barro un acto de dignidad admirable. Lo lleva a cabo María, con una vieja escoba deshilachada. Aparta los restos de basura que se mezclan con la tierra delante de su chabola y después los tira. Cuando termina, descansa con su mano en la cadera. Lleva un pañuelo en la cabeza. No hay ni un solo desperdicio frente a su casa.

Hoy cae aguanieve sobre El Gallinero. El día apenas regala un grado sobre cero y la tierra se ha hecho barro en el poblado más castigado de Madrid. Probablemente de toda España. Enclaustradas entre la autopista A-3 y la M-50 viven 94 familias en infraviviendas. Casi 500 personas. La mitad, 250, son niños. Las chabolas son de madera y lata. Ahora una tabla lisa, ahora un trozo de cartón, ahora una placa de aluminio. Parecen frágiles, improvisadas, pero están hechas con habilidad. Están bien hechas. “Cogemos el material de la basura. O madera y palos del campo. Y con ellos construimos las chabolas”, explica Leonard, uno de los vecinos del poblado. Pura supervivencia.

Leer más

Gli ultrà

Fragmento del reportaje publicado en el número 9 de la revista Jot Down.

[…] en 2013 la policía prohibió a los ultras de la Nocerina desplazarse a Salerno para presenciar el clásico salernitano. La medida indignó a los radicales, así que exigieron a sus jugadores que boicoteasen el partido. Oficialmente la plantilla rechazó tal demanda, pero a los 21 minutos de juego el partido se suspendió: el entrenador de la Nocerina había hecho los tres cambios en diez minutos y a continuación se le lesionaron cinco jugadores seguidos. Tremenda coincidencia. Una más: en 2012 el Génova perdía por cero goles a cuatro en casa contra el Siena, resultado que le acercaba al descenso. En el minuto 51 los ultras genoveses saltaron al césped y obligaron a sus jugadores a quitarse las camisetas. “No las merecéis”, les dijeron. El delantero Giuseppe Sculli (de quien ahora hablaremos por sus vínculos con la mafia calabresa) acabó llorando. Cuarenta minutos después se reanudó el partido y al finalizar, los jugadores dejaron sus camisetas al pie de la grada de los ultras.

Leer más

Berlín, nacidas sin muro

Reportaje publicado en la revista Yo dona.

Berlín rebosa turistas estos días. Más, incluso, de los que habitualmente llenan sus calles. El próximo 9 de noviembre la ciudad conmemora el 25 aniversario de la caída del Muro, previa a la reunificación de Alemania. “No solemos hablar del tema entre las amigas del Este y el Oeste. A veces mis padres sí que hacen algún comentario, pero entre los de mi generación no es habitual”. Lo explica Julia Rautemberg, vecina de la capital alemana y relaciones públicas en una oficina de la ciudad. Ella, como todas las protagonistas de este texto, tiene 25 años: nació cuando el Muro moría. Todas forman la nueva generación de berlinesas que no ha visto su ciudad dividida. “Para nosotras es una parte más de la Historia que estudiamos, y ahora también una atracción turística. La ciudad está llena de nuevos museos, ofertas y atracciones”, dice Nora Durstewitz, de la misma edad que Julia y también berlinesa. La experiencia de ambas nada tiene que ver con lo que aquella barrera significó para sus madres y abuelas. En tan solo 25 años y en un espacio de varios kilómetros cuadrados se produjo un cambio radical, un contraste asombroso para toda una generación de mujeres.

“Nuestras madres sabían si alguien era de Berlín Oeste o Este”, asegura Nora, “a simple vista, por la ropa, el peinado y la mentalidad. Estaba claro quién era de cada lado, e incluso después de la caída del Muro se apreciaban las diferencias”. Y añade: “Hoy es imposible distinguir si una chica que acabas de conocer procede de una parte o de la otra. Y no nos importa, nunca lo preguntaríamos. Berlín es una sola ciudad”.

Leer más

Pepephone o el arte de no tocar los cojones a los clientes

Reportaje publicado en la revista Yorokobu. / Ilustraciones de Rocío Cañero.

Es un día de cierto ajetreo en la oficina de Pepephone. En realidad llevan ya unos cuantos así. Resulta que la entrevista con Pedro Serrahima, director general de la empresa, tiene lugar el mismo día en el que la compañía va a comunicar a sus clientes, mediante un email, un acuerdo con Movistar para dar soporte 4G. Será, de esta forma, la primera teleoperadora virtual de España que lo haga. Es, tal vez, una de las noticias –uno de los momentos- más importantes en la historia de Pepephone. Y, sin embargo, el proceso está revestido de una anormal normalidad. No hay carreras, ni teléfonos sonando. Ni gritos. Ni mucho menos un aplazamiento de la entrevista. Un último vistazo a su móvil y Pedro está listo para atender al redactor. Sin agobios ni resoplidos. “Para ser un momento tan histórico todo parece muy normal, ¿no?”. Y, sin quererlo, en una primera y no planificada pregunta, aparece una de las claves. “Es que somos normales. Lo alucinante es lo que ocurre en otras compañías”. Lo advierte la ‘bio’ de la cuenta de Twitter de la empresa: ‘Un pequeño grupo de personas normales que ofrecen móvil y ADSL a otras personas normales. Síguenos para poder atenderte mediante mensajes’. Y ya está. No dice más. “No tocamos los cojones a nuestros clientes. Les decimos la verdad, les informamos y les explicamos las cosas. No les sobornamos”. En definitiva puede deducirse que lo que hace Pepehone, nada más y nada menos, es no tratar a sus clientes como si fueran tontos, algo que contraviene todo principio del marketing moderno y que, para sorpresa de no pocos, les está funcionando. No es lo único raro que hacen en Pepephone. Hay un montón de cosas más que son tremendamente normales en esta compañía.

Leer más

Gomorra, la serie: retrato de la Nápoles de la Camorra

Artículo publicado en Jot Down.

De Nápoles se ha escrito tanto que el personaje amenaza con devorar a la persona. No es que se haya exagerado -muchas veces sí-, es que hubo un tiempo en el que se hicieron tantas crónicas, artículos y entradas de blogs sobre Nápoles y ‘O Sistema (más conocido como la Camorra), que por el barrio de Secondigliano empezaron a ver coches de frikis cámara en mano para retratar lo que habían visto por la tele. El fenómeno lo conocen bien los vecinos de Corleone, en Sicilia.

Culpa –o mérito- de tal atracción la tuvo el omnipresente Roberto Saviano, que hipotecó su vida para contarnos en un libro bestial llamado Gomorra qué ocurría en Nápoles. Y no sólo qué ocurría con la Camorra, sino cómo la Camorra es parte –o motivo- de un paisaje mucho más completo y asombroso: cómo en la tercera ciudad del noveno país del mundo (por PIB según el FMI) hay barrios donde apenas entra la policía, donde la basura se acumula en las calles, los clanes venden droga en los edificios sometiendo a los vecinos, o donde tres niños sin casco van en moto por una avenida. Hay una parte del libro de Saviano en la que el periodista habla de los gritos y lamentos de los familiares de los camorristas asesinados cuando llegan a la escena del crimen. Es casi como un ritual de dolor especificado: cada vez que aparece un camorrista baleado, los allegados en la escena gritan, maldicen, se agarran y desvanecen, protagonizan tremebundas muestras de dolor. Y Saviano lo analiza con frialdad, como una parte más de la estética napolitana. Hay hasta un estilo camorrista para afrontar la muerte en público. Muestra clara de que el asunto, ni mucho menos, es un tema puramente criminal: se trata de un acontecimiento socio-cultural.

Leer más